Apostando en el circo de Mérida III. La flor.

El Magistrado de Mérida, había llamado a las partes para tomarles declaración. En la primera etapa IN URE. Declararían las partes implicadas. Para preparar el juicio.

La parte demandante, la familia de Cayo tenía varios testigos que decían haber visto a Cayo y Casio juntos por la noche. Pero ante el juez, solo testificaron con rotundidad que los habían visto juntos al atardecer. En la calle, cerca del templo de Diana. Parecían discutir sobre las cantidades de las apuestas del circo. Un testigo dijo que pensaba que Casio acompañaba a Cayo a la Taberna del Delfín. En la taberna, un testigo dijo que  si era Casio, el acompañante.

Por la parte de Casio, su garantía era un anciano del poblado de su familia, sito a 5 millas de Mérida. Donde cuidaba de sus caballos. Su testimonio, no convencía al Magistrado, dado su parentesco tribal. Esa noche, Casio había dormido junto a la cuadra donde guardaba los caballos. Un lugar granítico y con mucha dehesa para pastar. El anciano vigilaba cuando Casio andaba a la ciudad y esa noche lo vio llegar.

La familia de Salvius, andaba preparando la ceremonia de pedida de mano de su hija Tercia. La muertes de Cayo, era un duro golpe emocional para ellos y tenían que asistir a los rituales de enterramiento que la familia de Cayo había preparado en el atrio de su casa. Eso iba a retrasar el inicio de la ceremonia de Tercia.

El pretendiente de Tercia era un Centurión veterano llamado Claudio, un hombre de mediana edad que buscaba un matrimonio para tener hijos legítimos. En Roma, esto era lo habitual, un acuerdo entre el padre y un hombre de confianza.

A la llegada a Mérida, Claudio fue recibido por el Consul y le puso al tanto de las vida social y cultural del momento.

  • Claudio: ¡¡querida Tercia, cuanto deseaba verte¡¡ Aquí te traigo estos presentes (telas egipcias y cerámica de Roma). Que horror la muerte de Cayo. Esta ciudad necesita orden y justicia.
  • Tercia: Me alegro de verte, Claudio. Que pena que se den estas malas noticias. Cayo era como de la familia. (lloraba al pronunciar su nombre)
  • Claudio: me han dicho que ya hay un sospechoso. Muy sospechoso. Haré justicia antes de irme a la Legíon y aliviaré tu dolor. No quiero verte más así. Como ese tal Casio, -nombre romano impuesto-, es un bárbaro y rufián. Lo llevaré rápido a su fin. Si confiesa podrá morir en las Galeras, sino quiere morirá en Mérida.
  • Tercia: es ciudadano Romano y debe tener su juicio. No vamos a condenarle sin más. Era amigo suyo y aunque parece culpable. Debe ser escuchado. Mi padre también lo cree así. Dice que es mejor para el orden social. Casio es de aquí.
  • Claudio: querida Tercia, que corazón tan grande tienes. Que pena que el mundo no sea como a ti te guste. Créeme, hay que dar ejemplo y eliminar a estos asesinos. Que el pueblo de Mérida aprenda la lección. Tu padre tampoco ha estado en la guerra…

 

Mientras tanto, Casio estaba en la celda. El soldado romano le trajo la comida y le dijo que estos casos acababan muerto o en la legión. -Amigo le susurró, Cayo es un Patricio y tiene que ser restituido. Confiésate culpable y tendrás una oportunidad en el ejército.

En la celda de piedra empezaba a sentir el miedo cada vez mas fuerte. Apenas comía lo que me daban y tras tres días empezaba a sentir la debilidad y la frustración. Recordé las palabras del anciano:´´ Todo está escrito, sólo tenemos que leerlo y cambiar nuestro destino. A eso hemos venido.´´

En ocasiones visitaba los dólmenes de mis antepasados y allí representaba los rituales de conexión con la naturaleza de mis ancestros. Empecé a visualizar la celda, como la cámara del dolmen y a invocar la protección de la Diosa Madre. En aquellos tiempos, si alguien cometía un crimen, lo confesaba a la comunidad y era juzgado por la Sacerdotisa. Pero no podía confesar lo que no había hecho. Cayo me decía que la justicia Romana era muy equitativa y compensatoria.

Un día después, en los rituales por las exequias de Cayo. Tercia entró a hablar con su el padre de Cayo. Volonio, el médico de su familia. Le preguntó que sabia de Cayo, de esa noche. Su padre le dijo.  El te amaba, sólo sé eso. En su mano cerrada había una flor con un pasador, quizás sea tuya.

Cuando Tercia la vio, dijo si es mía y se la llevó. Realmente esa flor era de Dafne, ella era muy aficionada a ese tipo de adorno. Cuando llegó a su casa:

Tercia: hola Dafne, ¿cuándo fuiste a por las ánforas de galum?

Dafne: el día del accidente de Cayo, fuimos de noche al almacén de Marco para cargar el pedido de galum y tener la despensa preparada para tu ceremonia. Era una sorpresa para tí. Es galum del Portus Ilicitanus. que encargó tu padre.

Tercia ¿como de noche? preguntaba enfadada y nerviosa.

Dafne. Señora, de madrugada. Nadie tenía que vernos. No le avisé por súplica de su padre. (nunca habia  visto a su señora tan fuera de sí)

Tercia: ¿pasaste por el puente,verdad?

Dafne: si, iba dentro del carro. Aguantando las ánforas. Perdí su regalo. Lo siento.

Mira Dafne, dijo Tercia. Tu dices que todo vuelve a su dueño, si de verdad lo quiere. Toma tu flor, seguía en el puente. No te preocupes. Pero si sales avísame.

Dafne miro a Tercia y le dijo: como decía Aristóteles- “Los hombres malos obedecen desde el miedo, los buenos desde el amor”.

 

 

 

 

 

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