Apostando en el circo de Mérida VI. El banquete.

Casio estaba con los brazos en cruz y de rodillas en la celda, cuando el centinela le avisó que se preparara para recibir la sentencia. Al estar fuera de su aldea, decidió por si solo realizar un ritual adivinatorio con las enseñanzas recibidas por los ancianos de su tierra.

En la mano derecha tenía un péndulo fabricado con un hilo de su túnica y una piedra que había escarbado en la celda. Estaba tan concentrado, que no escuchaba las palabras del soldado. Este se quedó esperando a que acabara su oración, como respeto a los dioses. Los  soldados eran bastante supersticiosos y no querían ofender a ninguna deidad.

Casio sentía una energía que subía por su cuello, hacía la cabeza y estaba invocando a la madre naturaleza, buscando respuestas. No tenía a la hechicera para darle significado a sus visiones. Así que lo hacía el mismo. Empezó a ver muchos puntos brillantes asu alrededor y figuras geométricas que bailaban ante sus ojos, de repente creyó ver una serpiente acostada a su lado y una gran pez del tamaño de una galera que expulsaba agua por la nariz. Interpretó que iría a galeras…algo que suponía una muerte lenta.

Relajado se levantó y vió al centinela. Se abrió la celda y le comunicaron que su condena era benévola. No iría a galeras, ni al anfiteatro como gladiador. Correría en el circo, hasta que la familia de Cayo lo considerara oportuno.

Aliviado, dio gracias a la diosa madre y le preguntó al centinela si había visto un pez así de grande. – Visto no, pero dicen los marineros que existen y los llaman cetes. ¡¡No vas a galeras, sino a las carreras de caballos¡¡

En casa de Salvius, había un banquete para celebrar la llegada de Silvia. Ësta había llegado con su séquito y era mujer muy aparente que destacaba por su belleza. Sus esclavas y sirvientes tenían un gran porte y vestían con elegancia. Las esclavas, adornadas al estilo egipcio y con la piel brillante llamaron la atención de Claudio.

Tercia fue a abrazar a su prima y esta la besó con alegría. Silvia le regaló una pequeña lechuza de oro y le susurró algo al oido. Tercia Casandra, sintió como una lágrima caía por su mejilla y no soltaba las manos de su querida prima.

Julio, tomó la palabra: estimados familiares y amigos me enorgullece que estemos todos juntos para celebrar el compromiso de mi hija con Claudio. ¡¡Brindemos, por el futuro matrimonio¡¡ Que Juno diosa del matrimonio, sea generosa con ellos

Tercia miró a Claudio para brindar, pero este tenía los ojos puestos en las esclavas de Silvia. Se dió cuenta y le dijo a Tercia lo recargadas que iban. No le gustaba que no parecieran esclavas. Tercia no se creyó esa excusa…

Claudio, – Estimada Silvia; no crees que tus esclavas son demasiado suntuosas.

Silvia: Acaso no puedes dejar de mirarlas. Tu pretendida si es preciosa y espera que lo digas en presencia de todos. ¡¡Levantó la copa para brindar¡¡ Por la preciosa Tercia, dijo

Tercia, le dijo a Silvia que no siguiera por ese camino. Susurrando, le dijo que le cortó el pelo a Dafne cuando la vió muy ataviada.

Silvia llamó a una esclava y le pidió una peluca para Dafne. Ella misma se levantó y se la puso con delicadeza. Representaba el corte egipcio, recto y con una diadema. Hecha con fibra vegetal. Llevaba adornos azules en la parte delantera.

Claudio estaba rojo, el vino aquellas esclavas y la altivez de Silvia, era un cóctel explosivo para una mente tan militar y ordenada.

Claudio, ¡¡estas ya contenta¡¡ Le dijo a Silvia. Vamos ríete le dijo ella. La belleza es lo mejor del mundo, o tu luchas por otra cosa.

Julio: vamos a hablar de la carrera de caballos. Nuestros caballos ya tienen un buen auriga. ¡¡Podemos ganar¡¡

Claudio: jaja, nadaaa que hacer con los míos. Si queréis ganar, apostar por los caballos de la legión. Pura sangre y bien entrenados. Dirigidos por uno de nuestros mejores aurigas, un mercenario galo sin miedo a la muerte. Dafne, tráeme una copa de vino. Ven egipcia.

Cuando servía la copa, Claudio levantó la mano para coger la peluca de Dafne, y está se zafó de sus manos…Señor dijo Sócrates: la belleza es un reino muy corto.

Tercia, le preguntó a su prima. Apostaras por los nuestros, verdad. Dijo Silvia: cuando vea los caballos, te dire que hacer. ¡Pero te adelanto, que sí¡ dijo riéndose..

Por favor Silvia, no seas tan complaciente con tu prima. Aparte de los caballos ese auriga no ha competido nunca y me han informado que vive en una aldea al estilo bárbaro. Sin orden, ni matrimonio. Un especie de matriarcado llevado por las hechiceras. Se morirá de miedo en la primera curva, jeje

Tercia le dijo a Silvia que le contará la historia de Marco Y Cleopatra. Esos amantes terminaron sus días en Efeso, perseguidos por Roma. A Tercia Casandra esa historia le gustaba mucho y su prima la conocía bien.

Bien dijo Claudio, voy a saludar a los comensales. Le dijo a Silvia: podemos quedar como amigos, si me envías una esclava a servirme.

Silvia lo miró irónicamente y le dijo: son las esclavas de un General, acaso lo ignoras. Además no me fio de tus manos. – te servirán solo vino, ¡¡ contento¡¡

Claudio asintió malhumorado, intentado quedar bien con una sonrisa torcida. Se fué al patio a tomar el aire con su hombre de confianza. Le dijo al soldado: prepara el agua para los caballos. No podemos fallar. Dale tu toque, ya sabes..mascullaba cabizbajo.

Dafne, había escuchado la conversación, se había escondido tras unas telas decorativas por temor a Claudio cuando los vio salir. Esperó que entraran de nuevo y prosiguió hacia la bodega, para preparar el galum.

Peinados romanos

El galum , la salsa de Roma

Banquetes romanos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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