Apostando en el circo de Mérida IX. El zorro enamorado.

Tras la carrera de cuadrigas, la noche Emeritense prometía mucho. Los afortunados que habían apostado por la familia Salvius, después de recoger sus ganancias en la casa de apuestas, tenían que ir a disfrutar de sus beneficios y ofrecer gratitud a sus dioses.

Bajo la gradería del circo, los aurigas curaban sus heridas y reponían fuerzas. Los que habían caído a la arena y estaban heridos eran socorridos por el equipo médico. El capataz Hyra de Salvius, cuidaba de los caballos. Cupido, su favorito cojeaba algo y tenía heridas sangrantes cerca del casco. El capataz llamó al mozo de herradura y oró a los delfines, patronos de los caballos. Estos delfines de bronce, eran utilizados para contar las vueltas de las carreras.

El Pater Cayo y su familia, esperaban la salida de Casio. Para ellos la deuda estaba saldada. La victoria de Casio, sin duda refrendaba su inocencia así mostrada por los dioses. Esa noche harían una ceremonia en su domus y le darían la libertad.

La noche antes de la carrera, los hermanos de Cayo le habían llevado un exvoto del fallecido para que Casio lo portara en la carrera. Así correrían juntos y si había cuentas pendientes. Los dioses dictarían sentencia, a favor o en contra.

Al joven Casio, le era difícil estar en la celda de la familia. Habían sido amigos desde niño y recordaba cuando eran pequeños y le preguntaban a su padre, que era ese cuarto oscuro. La celda, era un privilegio que sólo tenían los Patricios para sus deudores.

Con ellos Casio, había aprendido algo de latín y cultura romana. Sabía leer y escribir con cierta soltura. Asistía a las clases que le impartían a los hermanos, mientras esperaba que su padre hiciera negocios en la ciudad. Era todo un privilegio para un campesino que viva alejado de Mérida y decían de costumbres tribales.

Ya en casa de Cayo, se preparaban los ritos para que Cayo se despidiera de ellos y su amigo quedara libre de cargas. La esperanza de vida en la sociedad romana era corta y la muerte era una realidad muy presente, a la cual le dedicaban un lugar especial heredado de los griegos. Ritos funebres en Roma

Se   prepararía un banquete fúnebre (silicernium) en la tumba con los familiares del fallecido. Sin embargo como esto ya se realizó, se haría un homenaje menor con Cayo. Y a la mañana siguiente se despedirán en el cementerio, en el panteón de la familia.

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El sol del alba entraba por el ventanuco y Casio respiraba profundo. Era momento de meditar según sus rituales. Visualizó como Cayo se convertía en  un zorro enamorado. Era una animal salvaje que corría tras los besos de Tercia Casandra. Quería atraparla entre sus dientes. La hacía correr hacia una cueva sin salida, su nido de amor. Cuando Casandra se vió atrapada se paró y trató de domesticar al zorro, que se dejaba acariciar. De la cueva salio un oso enorme que atacó al zorro…Casio se sobresaltó tras esta visión y se levantó para ir al cementerio.

 

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El día empezaba a nublarse y los pájaros volaban bajo. Una ligera lluvia se dejaba caer sobre la dehesa lusitana. En el cementerio se ofreció una ofrenda a los dioses de la familia Cayo y Casio se puso de rodillas delante del panteón familiar. Con voz susurrante, hablaba en un idioma desconocido. Sus ojos contenían las lágrimas y por primera vez se le vió afectado por lo sucedido.

A unos metros, tras unos cipreses (De acuerdo con Teofrasto el ciprés común estaba consagrado a Hades, el dios de la muerte, ya que sus raíces nunca daban nuevos brotes una vez talado el árbol). Tercia y su prima Silvia, esperaban a que levantara para hablar con él. Dafne las había avisado de que estaría en el cementerio. Muy cercano a su Casa.

Tercia estaba apenada por él, y sentía el dolor que tenía. Ese dolor que puede hacerte perder la razón y desatar la bestia dormida. Lo veía desmejorado y taciturno. La victoria y pequeña fama en la carrera, no parecía alegrale. Ni tampoco la libertad que de nuevo recuperaba. Tercia decidió acercarse y compartir la pena con él.

Tercia: – Casio comparto tu dolor. Cayo siempres estará entre nosotros.

Casio: – Porque no dejas de fingir, Tercia. Tú estás implicada en su muerte. ¡¡Lo he visto¡¡

Tercia, no podía creerse su palabras. Intentaba mirarlo a los ojos, pero él los repudiaba. Sintió el dolor en su pecho y le volvió a preguntar, – ¿dime que has visto?, ¿qué sabes?…¡¡dímelo¡¡ no te calles gritaba llorando…

Su prima Silvia: Tercia no pierdas el tiempo con este cretino. Ves como te lo paga, escupiendo su veneno sobre tí.

La lluvia empezaba a caer con fuerza y allí seguían discutiendo. Casio seguía de rodillas ante la tumba, haciendo dibujos en la arena. Las tres mujeres lo rodeaban.  Dafne intentaba calmarlas, les decía que cuando se soporta tanto dolor y miedo, se ataca a todo el mundo. Según sus conocimientos médicos, estaba en estado de supervivencia. Le pasaba a los soldados que venían de la guerra y montaban grescas por todos lados.

Claudio, que había venido a saludar a Tercia, se acercó a ver qué pasaba. – Dame un motivo para arrestar a este hombre y lo haré.

Casio se levantó y con los brazos cruzados le dijo: -No serás tú, sin tu legión no eres nada.

Tercia cogió la mano de Claudio y le dijo, ¡¡vámonos¡¡. Pero éste, había puesto su mano en el pomo de cabeza de oso de su puñal.

Casio: si me pasa algo, el pueblo irá a por tí. Recuerda quien ganó, y a quién apoyan los dioses. Tenía la mirada perdida, llorosa y parecía algo ido…miraba a Claudio, escudriñando sus puntos débiles.

Claudio: sino fuera porque estamos en este lugar sagrado y por las damas que nos acompañan, morderías el polvo.

Vámonos dijo Tercia, es un mal día. Los dioses no quieren más sangre.

Dafne se cercó a Casio y le dijo, no te muevas. No respetas tu vida. Sabes lo que has hecho, provocar a un centurión delante de su prometida. Controla tu ego, Tercia quiere ayudarte, no entiende lo que le has dicho. Le has hecho daño, sabes. Mucho daño…

-Déjame Dafne, dijo Casio. Tu no sabes lo que yo puedo ver.

  • Dafne-Como prefieras Casio; Platon dijo: ´´Cada lágrima enseña a los mortales una verdad´´
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