Apostando en el circo de Mérida XIII. La trampa de Tercia.

La tarde de agosto resultaba infinita, el sol parecía no querer esconderse entre las montañas y las chicharras seguían cantando sus canciones de siempre.

Casio llevaba toda la sobremesa en la taberna, tomando vino y hablando con sus amigos sobre la posibilidad de hacerse famoso con las carreras de cuadrigas. A veces miraba hacia la puerta y apretaba el puño, torciendo la boca. Sentía un peso en su corazón. Zirati, le dijo que le debía pedir perdón a Tercia y él no veía el momento de hacerlo. Al final se lo dijo a sus amigos que lo contemplaban distraído y extraño.

– Como os lo digo, dijo Casio a sus amigos. Esa es la prueba que me ha puesto la maga. He de ir y pedirle perdón a esa romana que antes me parecía una dama y ahora tengo mis razonables dudas.

-Es peligroso acercarse a ella, le comentaron. Sabes que estás en el punto de mira de su prometido. Y deberías ir con cuidado, esperar que la ocasión sea propicia…

Quizás deba ser valiente y enfrentarme a esa prueba, como si luchara contra el mismo demonio, respondió Casio.

En eso entró en la taberna un viajante de vino y le dijo al tabernero que no podía cerrar el trato con Claudio el centurión, porque había partido de viaje a atender una solicitud de su general.

Con esta situación tan convenida, los amigos de Casio plantearon una estratagema para distraer a los  soldados de Claudio que seguro estaban vigilando sus movimientos. Saldría Alucio joven muy parecido a Casio, delgado y alto. Vestido como si él fuera el mismo Casio y haría como si se fuera al poblado con su caballo. Así Casio, podría ir a la casa de Tercia y cometer su misión.

Los amigos pidieron una ronda más de vino al tabernero y salieron de la taberna con el espíritu lleno de bravuconadas guerreras y la vista alto turbia. Ya se habían hecho el cambio de vestimenta y Casio se ajustaba la túnica mediante un cinturón de cuero. Dentro ocultaba una pequeña falcata íbera, regalo de su padre.

Camino a casa de Tercia, Casio recorría las calles empedradas de Emérita, subía la pronunciada cuesta hacia el anfiteatro y después empezaba el descenso que llevaba al templo de Mitra, recordaba las palabras de su amigo Cayo: “Mitra el dios que adoran los militares romanos por sus valores de honestidad, pureza y coraje´´, mientras pasaba por el columbario donde reposan sus cenizas. Miraba los cipreses del camposanto y sabía que debía pedirle perdón también a él. Las piernas le temblaban y decidió sentarse en una sombra. Sentía que alguien lo observaba y cogió disimuladamente su falcata. Pensó en escribirle en un pergamino las palabras de perdón que debía decirle a Tercia y lanzarla por encima de los muros del patio, pero le pareció impropio de un guerrero y abandonó la idea. Era como entrar en la guarida de un oso y esperar que te reciba con honores, todo un imposible. Empezó a pensar en ir otro día, tenía tiempo se decía a sí mismo.

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En la casa Tercia Cassandra estaba en reposando en la cama, tenía dolores de cabeza y una angustia que no le dejaba dormir por las noches y su silueta era blanca y triste.

Dafne le daba todo el cariño que tenía y le preparaba las recetas que el médico de la familia, el padre de Cayo le había recetado. Estaban preocupados, porque llevaba más de una semana así. En eso sonó la puerta a lo lejos.

Silvia entró y le dijo, prima tienes visita. ¿Quizás no debes dejarlo pasar?

Uff, dijo Tercia, déjate de misterios, no estoy para adivinanzas. ¡¡Quien es¡¡

Es Casio, dijo Silvia: vendrá a negociar para correr en las carreras de cuadrigas. Si es eso, dadle una oportunidad tiene talento…jeje…si se pone pesado me lo dices

Dile que venga en una hora,dijo Tercia.

Casio, se quedó una hora esperando bajo el calor de punzante de agosto y a él le pareció que fueron cinco. En ese tiempo, soñó que nada había pasado y que eran tan amigos como siempre… recordó las enseñanzas de su padre sobre su linaje guerrero. De cómo los antiguos guerreros tenían su monolito grabado en piedra, con su carro, su caballo y sus armas. Como un escudo de familia. Capaz de enfrentarse a cualquier enemigo y de mantener alto el orgullo de su clan. De ser respetables y justos con los vencidos. Pero en ninguna de las historias oídas, decían nada de lo que a él le acontecía en ese momento.

Se oyó el gozne de la pesada puerta de madera y cobre y lentamente se dibujaba la sombra del pasillo hacia el atrio. Un aire fresco llegaba a su caliente piel, tostada y morena.

Dafne le acompañó y le dijo por el pasillo hacía la habitación de Tercia que estaba muy cansada y debía ser amable y ameno con ella.

Casio entró y Dafne se quedó esperando junto a la puerta. Los murales de la habitación dejaron asombrado a Casio, los variados objetos de valor que lucían por la lujosa estancia y sobre todo la estatuilla de plata y oro de Isis. Le parecía estar con una reina. También estaba la piedra que él le regaló siendo niños, al lado de la efigie de Neptuno.

Sin ni mirar a Tercia, le dijo las palabras memorizadas: ´´Tercia Casandra, te pido perdón porque te ofendí tu honor con respecto a Cayo´´ y también lo ofendí a él, por remisión.

Acepto tus disculpas Casio Caciro, dijo Tercia. Pero me gustaría que las repitieras con algo más de corazon. Acaso te ha obligado a venir, dijo con tono áspero.

No Tercia Casandra, contesto Casio. He venido porque así lo siento y debes saber que me juego el pellejo al venir a verte porque se rumora por la ciudad que tu prometido está convencido que hice trampas en la carrera del circo. Por suerte hoy está de viaje.

-Quien te dice que está de viaje, no te creas todos los rumores de esta ciudad de vividores y negociantes. Mi prometido está aquí, en Emérita Augusta. Y tampoco es cierto que crea que has hecho trampas. Eso vienes a decirme…mírame a los ojos

Casio estaba mirando a Tercia y vió algo de esa belleza que le decía Cayo…- no dices nada, dijo Casandra. Sabes me iré de la ciudad, aquí no estoy bien. Quizás no vuelva a verte más. Quiero aprender bien el negocio de mi tio. Viajar por ciudades y conocer mundo. Tu serás una señora patricia. ¡La mejor como decía Cayo¡

Ves en paz Casio. Pero recuerda, nos veremos pronto -dijo Tercia. Yo lo sé.

Dafne acompañó a Casio a la salida y antes de cruzar el amuleto de fecundidad que colgaba del techo la guardia personal de Silvia lo detuvo.

Soltarme dijo Casio, la dueña de la casa me ha dejado irme, soy un hombre libre, no podéis detenerme ¡¡soltarme¡¡

Dafne murmuró en voz baja: ´´Grecia cautiva dominó a su feroz vencedor´´

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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