Apostando en el circo de Mérida XIV. El viridarium.


La guardia de Silvia llevó a Casio al Viridarium. Patio porticado ajardinado de la domus señorial con un jardín en medio. Y le obligaron a sentarse al lado de la media luna que estaba perpendicular a la cisterna de agua.

En el ángulo sureste de este atrio estaban las cubícula diurna. Habitaciones subterráneas de verano donde se refugiaban de los calores altos de la Lusitania. Tenían unas ventanas altas y las puertas con arcos de medio punto fabricados con ladrillo. Unos murales simulaban que las paredes eran de mármol de brocatel.

Allí estaba Tercia que no sabía el porque del escándalo que le llegaba desde el exterior. Oía ruidos y creía que era su padre que había vuelto de la complicada operación de cataratas a la que estaba siendo sometido en casa del médico. Pero le pareció que era demasiado pronto para estar de vuelta.

Subió de las habitaciones subterráneas hacia el atrio y vio a Casio allí sentado con la guardia a su lado. Su cara era una mezcla de confusión y enfado.

Qué sucede, le dijo Tercia a Casio: tú sabrás dijo Casio. Confiaba en tí y aquí me tienes atrapado…acaso no debería haber venido, ¿cierto?, dijo enfadado.

Fué Tercia quien le preguntó al centinela directamente. Qué está pasando. a lo cual este no contestó. Mi ama se lo dirá señora, masculló seguidamente.

En ese momento Silvia llegó y le dijo que los soldados de Claudio iban tras Casio y que sus hombres ya le habían salvado de ser apresado cuando se detuvo cerca del cementerio a descansar en un árbol. Lo más seguro era quedarse en la casa y esperar a que llegase el Pater Julio para que tomara una decisión.

Fuera los soldados de Claudio esperaban la salida de Casio, estaban rodeando la casa sigilosamente por todos los puntos cardinales. Uno de ellos se acercó a la puerta y preguntó por Casio: -estamos buscando a Casio, al parecer su caballo ha sido visto con otro jinete y queremos avisarlo, dijo al Africano al esclavo que lo atendía.

Señor le dijo el esclavo; no tenemos noticia de ese Casio. 

El Africano, le dijo que sabía que estaba allí y que Claudio estaba al caer. Mejor que salga, no es de recibo que no atienda a un ciudadano romano. Es su deber atenderle, dijo con porte soberbio.

Señor, dijo el esclavo. Eso es lo que puedo decirle.

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