Apostando en el circo de Mérida XV. Civilizados o bárbaros.

El sol se ponía entre las montañas y aún se oía el sonido de los pájaros, como un eco sublime. Durante unos minutos el silencio dominó las caras de los presentes y las miradas se difuminaban sobre el jardín del patio interior de la domus.

Un trago de miedo resbalaba por la garganta de Casio hacía su estómago. Levantó la vista y vio como Tercia estaba pálida. Y con un rostro aturdido, pensativa y taciturna.

Silvia se se acerco a su prima y le susurró algo al oído, acto seguido mandó la guardia a vigilar la casa por todo su perímetro.

-Casio, dijo Tercia vamos a la habitación de los jardines y cuéntanos lo que sabes de todo esto, solo asi podemos ayudarte.

Tercia: Qué sabes, que te están buscando los hombres de mi prometido.

Será que al ganar la carrera de cuadrigas, está enfadado porque perdió mucho dinero. Dijo Casio.

Pero esos caballos eran míos y debería también alegrarse. No será que intentó comprarte y después de tomar el dinero no le hicistes caso. Apostilló Tercia.

No Tercia, no intentó comprarme, sólo salí a ganar como era tu deseo.

En eso Silvia dijo: Casio que sabes de la muerte de Cayo, sé por mis hombres que te siguen por eso. Dinos lo que vistes o sabes si quieres que te ayudemos. O acabarás en galeras con suerte o en un circo en Roma.

Casio, apesadumbrado dijo que sería mejor ir a un abogado y hablar con el Pretor de Emérita.

Mejor lo cuentas aquí Casio, ya sabes que como dijo el sabio: la justicia es una tela de araña que sólo caza moscas, no a los pájaros. Dijo Tercia.

Casio resoplaba y empezaba a sentir que debía decirles lo que sabía, que era poco y escueto. En su interior recordaba: que esa tarde que murió Cayo, el vio en la taberna como unos hombres vestidos con togas de comerciantes los seguían de cerca. Y que no eran hombres de negocios, por sus andares, modales impuestos y estampa, eran soldados camuflados. También que cuando se despidieron en el puente, no estaba la guardia de costumbre y que Cayo quería estar sólo. Y que uno de esos comerciantes impostados, le recordaba a unos de los soldados de Claudio. Cómo decírselo a Tercia, si era su prometido al que estaba inculpando. ¿Quizás ella lo entregaría a Claudio o quizás lo dejaría marchar por la noche?, o quien sabe…mejor no decir nada.

Y bien Casio, que nos cuentas dijo Tercia con voz suave y modulada mientras levantaba su barbilla para mirar a Casio con sus ojos almendrados.

Casio se armó de fuerzas, se irguió como un soldado y dijo: dadme una espada y sadre ha hablar con esos hombres. Si son nobles romanos, sabrán escuchar mis razones y yo escucharé las suyas. Así llegaremos a un acuerdo entre caballeros.

Silvia: no sabes que no eres un ciudadano romano, no te harán caso, te retendrán contra tu fuerza y te juzgarán como a un extranjero sin derechos. Y tú tienes talento y puedes ganar carreras, o sea dinero y vivir bien, Hazme caso. Dinos lo que sabes y así podremos ayudarte.

¡Como que no soy un ciudadano romano, dijo alterado Casio¡ acaso no soy de esta ciudad y he convivido con las leyes y costumbres de Emérita, y pago mis impuestos…no sois los garantes de la civilización, vosotros los romanos.

Dafne estaba perpleja, se daba cuenta que al tener amigos romanos, no tenía claro que solo las familias descendientes de Roma, tenían los derechos como ciudadanos. Los demás, hombres libres, esclavos, libertos, gente del lugar no tenían los mismos derechos. No podían ampararse en la justicia romana si estaban ante un ciudadano del imperio.

La cara de Casio se iba enervando por momentos, las venas de las sienes parecían a punto de reventar y sus gestos eran dramáticos e histéricos.

-Dijo Casio de manera solemne: Y os creeis la cuna de la civilización, si no tenéis justicia, ni respeto entre los hombres de los pueblos que acogéis. Vuestra época está pasada, ¡pronto el imperio caerá… sois unos bárbaros¡¡

Silvia, se reía hacia sus adentros y miraba hacia el mosaico de Baco para disimular su sonrisa pícara. Le parecía que Casio había bebido más vino de la cuenta y junto al miedo que exhalaban sus poros estaba en una nube de vacilaciones filosóficas.- Por Júpiter, si están a punto de detenerlo, como puede ser tan imprudente.

Le dijo a Dafne que le preparara una buena copa de hierbas calmantes para que se durmiera, mientras así ellas podrían preparar la salida de Casio sin ser apresado.

Se acercó Dafne con la bebida y Casio se la tomó sin vacilación. Mientras durante un largo tiempo relataba la historia de sus antepasados Tartessos de La Atlántida, que por volverse codiciosos e inmorales, perdieron su imperio y sus reyes por designio de los dioses. Así acabaréis romanos, decía mientras se le cerraban los ojos de cansancio. Cuando un pueblo pierde los valores de la virtud que los dioses disponen, el alma humana se corrompe y cae al lodo del infortunio.

A todo esto a las damas que lo acompañaban les parecía divertido y elocuente, a pesar de estar en tan delicada situación. Por lo que concluyeron que algo temerario era este Casio. Y que deberían averiguar qué sabía para poder si fuera posible negociar con Claudio. Silvia le quería en las carreras de cuadrigas y Tercia Casandra que se quedara como hombre de confianza en su casa, ya que su hermano el primogénito, había muerto en una campaña militar.

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